jueves, 19 de julio de 2012

Filosofía, Sociología - Emile Durkheim, El Sociólogo en Situación, PARTE 2



Emile Durkheim, "El Sociólogo en Situación"

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LA ÉLITE INTELECTUAL Y LA DEMOCRACIA - 4
(1904)

Los escritores y los científicos son ciudadanos; es pues evidente que tienen el estricto deber de participar en la vida pública. Queda por saber bajo qué forma y en qué medida.


Siendo hombres de pensamiento e imaginación, no parece que estén particularmente predestinados a la carrera propiamente política; porque ésta demanda, antes que nada, cualidades de hombre de acción. Incluso aquellos cuyo oficio consiste en meditar acerca de las sociedades, tanto el historiador como el sociólogo, no me parecen más aptos para estas funciones activas que el literato o el naturalista; porque uno puede tener la capacidad de descubrir las leyes generales por las cuales se explican los hechos sociales del pasado sin poseer por ello el sentido práctico que permite adivinar las medidas que reclama el estado de un pueblo dado, en un momento determinado de su historia. De la misma manera que un gran fisiólogo es generalmente un mediocre clínico, un sociólogo tiene bastantes chances de ser un hombre de Estado bastante incompleto. Sin duda, es bueno que los intelectuales estén representados en las asambleas deliberativas; además de que su cultura les permite aportar en los debates elementos de información que no son para nada desdeñables, ellos están más calificados que nadie para defender, ante los poderes públicos, los intereses del arte y de la ciencia. Pero para cumplir esta tarea no es necesario que sean numerosos en el Parlamento. Además, podemos preguntarnos si -salvo en algunos casos excepcionales de genios eminentemente dotados- es posible devenir diputado o senador, sin dejar de ser, en la misma medida, escritor o científico, dado que estas dos clases de funciones implican una orientación diferente del espíritu y de la voluntad!


Es sobre todo, desde mi punto de vista, por medio del libro, la conferencia, las obras de educación popular que debe ejercerse nuestra acción. Debemos ser, antes que nada, consejeros, educadores. Estamos hechos para ayudar a nuestros contemporáneos a reconocerse en sus ideas y en sus sentimientos antes que para gobernarlos; y en el estado de confusión mental en el que vivimos, ¿qué rol más útil podríamos jugar? Por otra parte, nos ocuparemos mucho mejor de esta tarea si limitamos nuestras ambiciones. Ganaremos tanto más fácilmente la confianza popular si no se ve en nosotros segundas intenciones de tipo personal. No es necesario que, en el conferencista de hoy, se sospeche el candidato de mañana.
Se ha dicho, no obstante, que la masa no estaba preparada para comprender a los intelectuales; se ha considerado a la democracia y su supuesto espíritu vulgar como responsables de la indiferencia política en la que científicos y artistas han permanecido durante los veinte primeros años de nuestra tercera república. Pero lo que muestra cuan carente de fundamento es esta explicación, es que esta indiferencia ha llegado a su fin desde el momento en que un gran problema moral y social se ha hecho presente en el país. La larga abstención precedente tenía origen, entonces, tan sólo en la ausencia de una cuestión de tal naturaleza que pudiera generar pasión. Nuestra política languidecía miserablemente en torno a cuestiones personales. Nos dividíamos en relación a la cuestión de saber quién debía tener el poder. Pero no había ninguna gran causa impersonal a la que uno pudiera consagrarse, un punto de llegada elevado al que las voluntades pudieran dirigirse. Seguíamos, de un modo más o menos distraído, los menudos incidentes de la política cotidiana, sin experimentar la necesidad de intervenir en ellos. Pero desde el momento en que una grave cuestión de principio se ha puesto de relieve, se ha visto a los científicos salir de sus laboratorios, a los eruditos abandonar sus gabinetes, se los ha visto acercarse a las multitudes, mezclarse en sus vidas, y la experiencia ha demostrado que sabían hacerse entender.
La agitación moral que esos acontecimientos han suscitado no se ha apagado todavía y yo soy uno de aquellos que piensan que no debe extinguirse; porque es necesaria. Es nuestra indolencia de otros tiempos la que era anormal y la que constituía un peligro. Nos guste o no, el período crítico abierto por la caída del antiguo régimen no está cerrado, ni hace falta que lo esté; es mejor tomar consciencia de ello que abandonarse a una seguridad tramposa. La hora del reposo no ha sonado aún para nosotros. Hay todavía mucho por hacer para que llegue el momento en que ya no sea indispensable mantener movilizadas, por hablar de este modo, nuestras energías sociales. Es por esto que creo que la política a la que hemos asistido en estos cuatro últimos años es preferible a aquella que la ha precedido. Es que ella ha logrado mantener una corriente durable y bastante intensa de actividad colectiva. Ciertamente, estoy lejos de pensar que el anticlericalismo sea suficiente; estoy incluso ansioso por ver a la sociedad aferrarse a fines más objetivos. Pero lo esencial es no permitirnos recaer en el estado de estancamiento moral en el que nos habíamos dejado estar durante mucho tiempo.



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INTERNACIONALISMO Y LUCHA DE CLASES - 5
(1906)

SR. PAUL DESJARDINS: Hoy todos tenemos en mente la famosa "lucha de clases". Se trata de saber si existen verdaderamente en la actualidad las "clases", dos y no tres ni treinta, sino dos, claramente definidas, necesariamente antagónicas, y si este antagonismo, que los proletarios no deben amortiguar sino llevar a su término, eliminará necesariamente el antagonismo histórico de las naciones y substituirá con sentimientos nuevos a los sentimientos basados en aquel antagonismo: se trata, en fin de cuentas, de saber si la "conciencia de clase" tendrá el mismo valor, como estimulante de energías devotas, del patriotismo nacional al que se supone que ella va a suceder.

SR. LAGARDELLE: Hablar de la "lucha de clases" es muy familiar para mí, como para todos los socialistas. La idea de "lucha de clases" es esencial, es la madre de todo el socialismo; es la lucha de clases la que explica todo el socialismo.


La lucha de clases supone que la sociedad está dividida en grupos homogéneos y que esta división tiene una infraestructura económica, moral, intelectual (los elementos de esta infraestructura están subordinados unos a otros, dependiendo la vida intelectual del medio social). La sociedad aparece, de este modo, formada por bloques de hombres diferentes entre sí: es el reino de la insolidaridad social. La clase obrera, que se ha constituido en el curso del siglo XIX con el desarrollo de la gran industria, tiene un doble rol, destructivo y creativo; el movimiento revolucionario corroe más y más la sociedad actual imponiéndole nuevas instituciones que crean a, su vez, nuevas nociones de derecho. La clase obrera está en antagonismo absoluto y total con la sociedad moderna: propiedad, familia, patria son ideas totalmente ajenas al movimiento obrero, que se desarrolla de una manera independiente. El productor está en el centro de la sociedad, todo depende de él y todo pesa sobre él; si llega a comprender que existe un antagonismo entre su rol de productor y el rol de parásito de las otras clases, la lucha de clases deberá necesariamente surgir; señores y siervos, gobernantes y gobernados deberán desaparecer para dar lugar a una sociedad de productores independientes y autónomos. Para llegar a la eliminación de las clases parásitas, la clase obrera debe destruir la sociedad moderna. Pero, al mismo tiempo, debe también tener conciencia de sí misma, procurarse una homogeneidad cada vez más grande. La obra de destrucción y la de creación han de cumplirse simultáneamente; la clase obrera crea al mismo tiempo que destruye.


¿Cuál es la actitud de la clase obrera cuando se encuentra en presencia de la idea de patria? La idea de patria es tan fuerte que, cuando se la enuncia, no se ve más que la unidad de intereses en el seno de la nación, se olvida la diversidad de intereses, de opiniones, incluso de confesiones religiosas; la idea de patria niega radicalmente el movimiento hacia la ruptura. Si las clases obreras rompen con la idea de patria, rompen con las clases dominantes. Tanto un obrero francés como un obrero alemán juegan el mismo rol en la producción, la organización del taller es la misma, las relaciones con el patrón son las mismas, no hay diferencias en las condiciones de existencia. No es más que cuando se consideran ciudadanos, cuando se sitúan en el terreno político y no ya sobre el terreno económico, que los obreros sienten su solidaridad con los otros ciudadanos. Es cierto que el rol político del obrero es diferente en Francia y en Alemania, considerando que el obrero cuenta aquí con libertades políticas que no tiene en otras partes, comprendiendo un cierto patriotismo político. Pero estas son cosas de orden secundario: los obreros consideran que no vale la pena dar sus vidas por diferencias que no son fundamentales; y el patriotismo implica el deber de dar la propia vida. Le importa poco a un obrero ser francés o alemán, no digo en tanto que ciudadano, pero en tanto que productor: el productor se separa de la sociedad actual, el ciudadano se incorpora a ella.
Es de este modo que se puede comprender el movimiento inmenso que se produce contra la idea de patria. En la encuesta realizada por el Movimiento socialista, los obreros han reconocido como un hecho que la idea de patria existe, han reconocido que es natural que los burgueses tengan esta idea. Pero han agregado: "Patria implica patrimonio. Patrimonio, no tenemos. Patrimonio artístico, moral, intelectual, no tenemos. Estamos fuera de la cultura; la cultura de la que somos portadores es otra, o, más aun, tenemos que crearla; representamos un movimiento de bárbaros, en resumen, estamos en antagonismo con la sociedad burguesa." Es necesario, pues, constatar un antagonismo irreductible entre dos clases, entre dos Estados. Es en la medida en que las ideas de lucha de clases se vuelvan más profundas que el socialismo podrá realizarse. No sé si esa realización total puede cumplirse, pero sé que está subordinada al esfuerzo moral y al sentimiento de la responsabilidad social; esta voluntad y este sentimiento, los obreros los poseen...

SR. DURKHEIM: El señor Lagardelle ha planteado muy bien la cuestión. Ha dicho que el antipatriotismo es necesario para la lucha de clases. Según lo expuesto por el señor Lagardelle, el antipatriotismo no es más que la consecuencia particular de una idea más general, la idea de que la sociedad no podría reconstruirse sino a través de la destrucción de las naciones actuales: la sociedad actual está dividida en dos bloques, siendo necesario que uno destruya al otro. He aquí una forma relativamente reciente de socialismo. Es esta noción la que hay que discutir; es necesario examinar si socialismo y revolución destructiva se implican necesariamente; es esta noción de una destrucción necesaria la que me parece falsa; es contraria a todo mi conocimiento sobre los hechos concretos.
En primer lugar, se ha dicho que era el advenimiento de la gran industria el que condenaba a las sociedades actuales a una destrucción necesaria. Pero para esto sería necesario admitir que las sociedades modernas no contendrían normalmente en su seno esta forma económica, que sería el producto de un verdadera enfermedad del cuerpo social. En este caso, sería legítimo sostener que nuestras sociedades realizan una contradicción, que no sabrían por sí mismas adaptarse armónicamente a este sistema industrial que es extraño a su propia naturaleza. Pero, de hecho, parece que la gran industria es producto de un desarrollo totalmente normal; se debe a la extensión progresiva de la industria local. No se ve, pues, por qué nuestras sociedades serían profundamente impotentes para ponerse en armonía relativa con este régimen económico que ha salido de sus entrañas y que expresa su naturaleza, pero su naturaleza tal como se presenta al llegar a un cierto grado de desarrollo. ¿Por qué un progreso de las instituciones jurídicas y morales, paralelo a este progreso económico, sería imposible y por qué habría de serlo también la armonía?
En segundo lugar, toda la argumentación del sindicalismo revolucionario -y aquí del señor Lagardelle- reposa en esta idea: el obrero es exclusivamente un productor. Ahora bien, el obrero reducido al productor es una abstracción. Existe una vida intelectual y moral, de la cual el obrero participa. No tomar parte de ella le sería tan imposible como no respirar el aire del ambiente que lo rodea. Decir que el obrero no es más que un productor, es cometer el error de los viejos economistas, es restaurar la vieja noción del homo æconomicus.
La tercera objeción es la más grave: ¿cómo es posible que mañana el hombre, conociendo en qué consiste la vida del hombre, quiera la destrucción de la sociedad, es decir la barbarie? El hombre es hombre porque tiene una vida social. ¿Puede quererse la supresión de la sociedad? Se ha dicho, con razón, que si la guerra estallara hoy entre Francia y Alemania, sería el fin de todo. Pero la revolución destructiva que se anuncia sería un movimiento destructor peor que aquella. Todas las veces que una sociedad ha desaparecido, una civilización ha desaparecido al mismo tiempo; destruir una sociedad, es destruir una civilización. Sin duda, estas catástrofes no han sido raras en el pasado, pero la inteligencia del hombre debe tener precisamente por misión encadenar, amordazar estas fuerzas ciegas, en lugar de dejarlas producir estragos. Entiendo perfectamente que cuando se habla de destruir las sociedades actuales, se reserva uno la facultad de reconstruirlas. Pero estas no son más que fantasías de niños. No se rehace de este modo la vida colectiva; una vez destruida nuestra organización social, llevaría siglos de historia reedificar otra. En el intervalo, habría una nueva Edad Media, un período intermedio en que la vieja civilización desaparecida no será reemplazada por ninguna otra o, por lo menos, no será reemplazada más que por una civilización principiante, titubeante, en vías de buscarse a sí misma. No es el sol de la sociedad nueva el que se elevará, resplandeciente de luz sobre las ruinas del antiguo; entraremos, más bien, en un período de tinieblas. En lugar de anticipar este período, es necesario emplear toda nuestra inteligencia para prevenirlo, o, si ésto es imposible, para abreviarlo y hacerlo menos sombrío. Y para ello hay que impedir las destrucciones que interrumpirían el curso de la vida social y de la civilización.
Ciertamente, no niego al individuo el derecho de querer vivir en otra sociedad que aquella donde ha nacido. Pero no es a esta sociedad existente que el antipatriotismo le hace la guerra, sino a todas, puesto que todas son capitalistas. Se acepta pues la perspectiva de la época intermedia de la que acabo de hablar, y se la acepta con alegría. He aquí lo que creo que constituye un verdadero disparate.
Resumo lo que acabo de decir: 1º Para querer destruir la sociedad actual, es necesario creer que la gran industria representa un desarrollo económico anormal; 2º El antagonismo de clase reposa sobre esta idea de que el obrero no existe más que como productor. ¿Por qué no se considera en él más que este aspecto? 3º Concibo que podamos preguntarnos: ¿a que nacionalidad se quiere pertenecer? No tenemos el derecho de impedir a un hombre que se desnacionalice; -una vez pagadas sus deudas para con su patria natal-. Pero que queramos vivir sin sociedad, en el ínterin que seguirá a la destrucción de la sociedad actual, es como si se me dijera que queremos vivir fuera de la atmósfera, porque la sociedad es la atmósfera moral del hombre, del obrero tanto como de los otros.

SR. LAGARDELLE: El socialismo obrero es un movimiento creado por la misma clase obrera. Ningún intelectual tiene lugar en este movimiento. Los obreros no tienen que justificarse delante de un intelectual como el señor Durkheim. Un intelectual no sabría comprender sus razones: no tiene que hacerles aprobar exámenes. Por otra parte, el señor Durkheim, sociólogo, se encuentra aquí con un fenómeno social que es muy importante: el socialismo obrero, tal como existe en las conciencias de los obreros. El señor Durkheim, sociólogo, no tiene que contestarle, sino dar cuenta de él.

SR. DURKHEIM: Esa no es la cuestión.

SR. LAGARDELLE: Nosotros, socialistas, sindicalistas revolucionarios, tenemos la posibilidad de elegir -en relación al patriotismo- entre dos actitudes: ¿cuál habremos de elegir? Los obreros saben muy bien que los burgueses defienden a la patria, pero se consideran a sí mismos fuera de la patria. Esta convicción puede escandalizarnos, pero es un hecho...

SR. DURKHEIM: Todas las enfermedades son hechos (risas).

SR. LAGARDELLE: Tenemos pues que elegir entre dos actitudes contrarias...

SR. DURKHEIM: Pero es necesario elegir con inteligencia.

SR. LAGARDELLE: Tal elección puede ser buena para usted y mala para mí. He aquí lo que escribían muchos sindicalistas obreros en respuesta a una requisición del Movimiento socialista: "Soy extranjero a todo lo que es el beneficio de la patria, a toda la realidad de la patria. No puedo ser patriota." Este sentimiento es el de la gran mayoría de los militantes obreros.

SR. DURKHEIM: Usted no ha justificado ese sentimiento.

SR. LAGARDELLE: No puedo justificarlo de otra manera que describiéndolo.

SR. DURKHEIM: Pero usted no puede abdicar de su propia razón! Usted no puede aprobar un movimiento violento porque sea violento. Sé muy bien que no se puede juzgar siempre metódicamente y que es necesario, a menudo, un cierto espíritu de partido para actuar. Pero aquí, en esta sala, estamos reunidos para juzgar nuestros sentimientos, para reflexionar sobre ellos, y no para abandonarnos ciegamente a ellos.

SR. LAGARDELLE: Mi respuesta tiende a mostrar que las ideas que yo expongo son producto de un movimiento espontáneo de masas. Eso es importante.

SR. DURKHEIM: Lo sabemos. Ustedes son masa, ustedes son fuerza. ¿Y luego? ¿Es ésta toda la justificación que tiene?

SR. LAGARDELLE: No. Voy a su primera objeción: no ve, dice usted, cómo el desarrollo del capitalismo, que es el resultado normal de la evolución, conduce necesariamente a la revolución. ¿Quién le dice a usted que en un momento dado el régimen capitalista no engendra dentro de sí las fuerzas contrarias al principio capitalista mismo, y que desembocan en la revolución?

SR. DURKHEIM: Sería necesario mostrar cómo el desarrollo del capitalismo ha producido este antagonismo, que deberá necesariamente ocasionar la destrucción de la sociedad actual...
Si la vida económica se ha desarrollado naturalmente, ¿por qué las instituciones morales y jurídicas no podrían desarrollarse paralelamente? ¿Por qué las instituciones morales, jurídicas, políticas, solidarias de la vida económica de la Edad Media no podrían evolucionar al mismo tiempo que la vida económica, de manera de adaptarse a ella y regularla?

SR. LAGARDELLE: Porque estamos en presencia de dos regímenes económicos radicalmente distintos. La producción capitalista lleva en ella fuerzas que tienden a destruir el régimen capitalista y a transformar la sociedad.

SR. DURKHEIM: Creo que ha habido más cambio relativo (digo cambio relativo) entre el oficio de la Edad Media y las manufacturas del siglo XVIII que entre el siglo XVIII y la gran industria de nuestros días. Pero no tengo el tiempo disponible para incursionar en esta demostración.
He aquí la clave de la dificultad: usted olvida este factor de la conciencia, que usted ha hecho intervenir hace un momento... Es bajo la influencia de la Revolución Francesa que se han formado las nuevas aspiraciones; el comienzo del socialismo está en la Revolución Francesa.

SR. LAGARDELLE: La sociedad política y la sociedad económica se oponen; la sociedad política debe desaparecer, absorbida por la sociedad económica.

SR. DURKHEIM: Hecho capital: el socialismo saint-simoniano, en el atardecer mismo de la Revolución, ignora todo eso.
Si creo que usted comete un error, es porque no tiene en cuenta al factor del cual usted habla a menudo, la Revolución Francesa y las ideas morales de las cuales ella ha sido la resultante y la expresión, es que usted está prisionero de la fórmula materialista marxista.

SR. LAGARDELLE: El hecho de que el régimen capitalista se desarrolle lentamente y progresivamente no prueba que este régimen no pueda conducir a una revolución. En segundo lugar, el capitalismo es un hecho nuevo que se diferencia por su caudal.
Paso a la segunda objeción: es la cualidad de productor la que prima antes que todo en el obrero, porque toda la vida del obrero gira alrededor de esta cualidad de productor. Todas las otras cualidades que el obrero pueda tener -puede ser ciudadano, creyente, miembro de una asociación moral o intelectual- dependen de aquella. Es sobre este terreno de la producción que reposa su vida esencial y primordial. Más aun, las concepciones jurídicas y morales que él tiene no se parecen en nada a las concepciones jurídicas y morales de las otras clases. Por ejemplo, el principio jurídico de la propiedad individual es negado por las clases obreras. Dado que no tienen propiedad, llegan a concebir un régimen donde serán ellas las que tengan la propiedad indivisa. Otro ejemplo: el derecho patronal da al capitalista el derecho de organizar a su gusto el taller, de tratar al obrero como a una cosa. El derecho del obrero dice: "La producción, soy yo el que la hace, tengo derecho a saber cómo será organizada, cuál será mi compañero de taller, no quiero que se me imponga por compañero de trabajo a un alcohólico (en algunas industrias en las que esto entraña consecuencias), no quiero que a mi lado un obrero sea despedido arbitrariamente." La arbitrariedad patronal le parece al obrero tan contraria al derecho como la arbitrariedad del rey de derecho divino le ha podido parecer a los burgueses de 1789. De este modo se afirma el derecho de la clase trabajadora de reglamentar ella misma su trabajo. En resumen, en todos los rincones de la clase obrera se forman ideas específicamente obreras, ideas nuevas.

SR. DURKHEIM: Esas ideas no son nuevas. La prueba es que yo, que no soy un proletario, he llegado a las mismas ideas sobre estas cuestiones en mi gabinete, y muchos otros están en mi situación. Sin duda, estas ideas adquieren un color diferente según las clases. El burgués puede negar el derecho de propiedad, pero lo hará con serenidad, porque no tiene urgencias y puede esperar. En el obrero estas ideas tomarán con facilidad la forma de sentimientos prontos a exasperarse por razones fáciles de comprender. Pero son las mismas ideas, con diferencias de matices. Es que, en efecto, burgueses y obreros viven en el mismo medio social, respiran la misma atmósfera moral, son, sin importar lo que posean de ella, miembros de una misma sociedad y, por consiguiente, no pueden no estar impregnados por las mismas ideas. Con una serenidad admirable usted plantea que esto no puede ser. Pero usted enuncia su proposición como un artículo de fe, sin aportar ninguna demostración...
He dicho recién que el antimilitarismo obrero es consecuencia de una idea más general. Esta idea es que existe una destrucción indispensable; es esta noción la que no puedo comprender.
Puedo concebir, una vez más, que se pueda preguntar a alguien a qué sociedad quiere pertenecer. Pero si uno se levanta contra todas las sociedades, ya no hay ninguna a la que se pueda pertenecer. No puedo siquiera pensar eso. No insisto más: no haría más que repetirme: la hora está ya bastante avanzada, lo mejor es oír la respuesta del señor Lagardelle.

SR. LAGARDELLE: He recordado al señor Durkheim las ideas jurídicas novedosas que se forman en la clase obrera. El señor Durkheim me objetaba que estas ideas existían fuera del mundo obrero. Es posible que estas ideas se encuentren en cierto grado en algunos burgueses; pero no se trata de las mismas ideas teñidas de colores diferentes: la forma prevalece sobre el fondo. Tomemos, por ejemplo, el anti-estatismo: el socialismo actual es anti-estatista como la escuela liberal de economía; vayan a decir que es de la misma naturaleza. Repito en dos palabras: 1º para el obrero lo que importa, lo esencial, es su cualidad de productor, y 2º el obrero es, en la sociedad capitalista, en su vida moral, un ser aislado. Pertenece a otra sociedad.
Paso a la tercera objeción: cuando hablo de la destrucción de las sociedades actuales, entiendo que ellas son poco a poco desgastadas y que en un momento dado se producirá la introducción de un principio nuevo. ¿Bajo qué forma precisa se producirá esta introducción? De eso no sé nada. ¿Será una destrucción total? No lo creo. Se conservará sin duda lo que haya que conservar; pero habrá concepciones de derecho y de moral e instituciones que sustituirán a las concepciones y a las instituciones actuales. Habrá, en fin, una sociedad nueva.

SR. DURKHEIM: Se trata de saber si el socialismo es milagroso como él mismo pretende, si es contrario a la naturaleza de nuestras sociedades, o bien si sigue la pendiente de su evolución natural, de suerte que no tiene que cambiarlas de arriba abajo para establecerse. Es esta última concepción la que me parece que la historia demuestra.



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PACIFISMO Y PATRIOTISMO - 6
(1907)

SR. DURKHEIM: Creo que estaremos todos fácilmente de acuerdo sobre las dos tesis antagónicas que el señor Ruyssen acaba de oponer entre sí y de rechazar sucesivamente: ni el antipatriotismo ni el nacionalismo son, desde mi punto de vista, posiciones defendibles. Me he sorprendido asimismo al escuchar al señor Ruyssen expresar el temor que siente de no estar en condiciones de explicar la patria a los niños y a los hombres de mediana cultura. He estado muchas veces con audiencias de ese tipo y no me parece haber encontrado entre ellas resistencias particulares.
Pero hay un punto sobre el cual me siento un poco indeciso: me pregunto si, a pesar de los esfuerzos del señor Ruyssen por hacernos ver la unidad de la doctrina pacifista, ésta no se reduce finalmente a una simple yuxtaposición de dos negaciones, si nos ofrece un fin positivo al que sea posible aferrarse. En la cuestión de la guerra y de la paz se encuentra fuertemente involucrada la cuestión de la patria. Ahora bien, es la manera en la que el pacifismo concibe la patria la que no percibo claramente.
Que no podamos prescindir de la patria, me parece totalmente evidente; porque no podemos vivir fuera de una sociedad organizada, y la sociedad organizada más elevada que existe es la patria. También, en este sentido, el antipatriotismo me ha parecido siempre un verdadero absurdo. Pero hay otra cuestión cuya solución es menos sencilla: es aquella de saber qué especie de patria debemos anhelar. Sin duda, tenemos desde ahora para con la patria ya constituida, de la que somos parte de hecho, obligaciones de las que no tenemos el derecho de eximirnos. Pero, por encima de esta patria, hay otra que está en vías de formación, que envuelve a nuestra patria nacional; es la patria europea, o la patria humana. Ahora bien, esta patria, ¿en qué medida debemos ambicionarla? ¿Debemos tratar de realizarla, de apresurar su advenimiento; o bien es necesario mantener celosamente y a cualquier precio la independencia de la patria presente a la cual pertenecemos?
Este problema, del que dependen muchas cuestiones prácticas, ¿cómo lo resuelve el pacifismo?

SR. RUYSSEN: Para resolver la cuestión, hay que distinguir dos puntos de vista: el pacifismo como organización internacional y el pacifismo como esfuerzo interior. Desde el primer punto de vista, las cuestiones planteadas por el señor Durkheim son difíciles de resolver: creo que hay que descartarlas. En el Congreso Internacional de la Paz que se ha celebrado en Munich, en el mes de septiembre último, se ha planteado un problema de estas características. Se proponía enviar un mensaje al presidente Roosevelt; el señor Novicov reclamaba el envío de un mensaje similar al zar. Los congresistas alemanes se opusieron a esto, recordando las medidas contra Finlandia, las masacres del 22 de enero, etc. Había pues un juicio que tomar frente a una patria; pero esta es una cuestión que hay que descartar y, de hecho, el Congreso la ha rechazado. Es menester aceptar a las patrias -quiero decir las patrias extranjeras- como hechos, sin juzgarlas. En cuanto al segundo punto de vista, el pacifismo es nacional. Personalmente, pienso que nuestras preferencias deben orientarse menos a la patria de hoy que a la patria del futuro, sobre la que debemos trabajar para hacer la mejor patria, la patria justa. Kant decía ya que el advenimiento de la paz estaba ligado a la existencia de las democracias. Pero sobre este punto, hay que distinguir nuestra propaganda interior de la propaganda extranacional.

SR. DURKHEIM: No me satisface cómo esta respuesta resuelve la dificultad que yo le puesto en consideración. Yo preguntaba si debemos procurar la conservación, cuanto menos y antes que todo, de la autonomía de nuestra patria nacional, o bien si debemos trabajar para preparar el advenimiento de una patria más vasta en la que la nuestra no sería más que una provincia.

SR. RUYSSEN: Yo había comprendido mal la pregunta.

SR. DURKHEIM: He aquí exactamente mi pregunta. Cada uno de nosotros pertenece a una patria de hecho y tiene para con ella deberes incontestables. Pero al mismo tiempo se crea una patria más vasta que tiende a englobar a la nuestra: es la que forma Europa o, si se quiere, el mundo civilizado. ¿En qué medida debemos querer a nuestra patria a despecho de todo? ¿En qué medida debemos querer a esta otra patria que no es aun más que un ideal, pero un ideal que está no obstante en tren de realizarse?

SR. RUYSSEN: La cuestión es entonces saber si nuestra patria real es o no conciliable con la patria humana. Si se puede conciliar a los patriotismos nacionales con el patriotismo europeo o mundial.

SR. DURKHEIM: La cuestión no tiene, en mi pensamiento, esta extrema generalidad. Se trata de saber si y hasta que punto debemos trabajar en la organización de una patria nueva que englobaría a nuestra patria actual, o si debemos negarnos a todo lo que disminuyera la autonomía de esta última.
Me parece que el pacifismo, si es consecuente consigo mismo, no debe temer darse como ideal la formación de esta patria más grande. Conservar la paz no dejará de ser una simple aspiración moral para devenir una realidad jurídica hasta que no exista una sociedad organizada, encargada de hacerla respetar. El derecho, en efecto, no existe en los hechos si no se apoya sobre una Estado que lo sanciona. Y lo que hace que el pacifismo no entusiasme a un cierto numero de espíritus, que odian por demás la guerra, es que esquivando esta cuestión fundamental, no ven claramente cómo las reivindicaciones de los pacifistas pueden ser otra cosa que desiderata, incontestablemente legítimos pero poco eficaces, de la conciencia moral.
En resúmen, mi pregunta podría formularse de este modo. Si fuéramos los alemanes de antes de 1870, ¿deberíamos querer la formación de la gran patria alemana, o mantener celosamente la autonomía de la pequeña patria local? Si viviéramos en la Edad Media, ¿deberíamos trabajar en la formación de la gran patria francesa o permanecer obstinadamente atados a la pequeña patria provincial? El mismo problema se plantea hoy para nosotros en términos un poco diferentes.

SR. RUYSSEN: Planteada así la pregunta, no osaría decir que, sobre este difícil problema, hay unanimidad de doctrinas en el partido de la paz, que es antes que todo un partido de acción, y distinguiría mi opinión personal de la de los pacifistas en general. Por mi parte no tengo dudas: la más grande verdad está en el internacionalismo. Creo que nuestras patrias deben integrarse en un conjunto cada vez más vasto. La patria ha perdido ya la mayor parte de sus elementos -así el elemento religioso- y los seguirá perdiendo sin que podamos prever con certeza el término de esta disolución. Pero esta creencia no es común a todos los pacifistas. Algunos de ellos quieren simplemente el arbitraje, convenciones libremente consentidas, y no la federación de las naciones. Estas son las divergencias inherentes a un partido al que le alcanza con apoyarse sobre un mínimo de creencias comunes.

SR. DURKHEIM: Temo que esta indecisión, esta ausencia de acuerdo sobre una cuestión esencial no sea, para el pacifismo, una causa de debilidad.
Quiero remarcar, para terminar, que el término "internacionalismo" no me parece apropiado para expresar la concepción que acabo de indicar. Tal como es corrientemente entendido, el internacionalismo tiende a no tener en cuenta a las patrias existentes, ni, de un modo general, a la necesidad de una patria. Tiene algo de nivelador. No ve, en general, que una sociedad internacional, una vez realizada, tomará necesariamente, a su turno, el carácter de una patria, de una colectividad sólidamente organizada.


Lo que nos muestra la historia es que siempre, por una verdadera fuerza de las cosas, las pequeñas patrias se han fundado en el seno de patrias más grandes y éstas en el seno de otras más grandes aun. ¿Por qué este movimiento histórico, que acontece en el mismo sentido desde hace siglos, habrá de detenerse repentinamente ante nuestras patrias actuales? ¿Qué atributo particularmente intangible tienen ellas que impida ir más lejos?
Me pregunto si el verdadero pacifismo no consiste en hacer todo aquello que está a nuestro alcance para que este movimiento continúe, pero pacíficamente, y no ya por la violencia y la guerra según la ley dominante en el pasado. Sin duda, es un ideal muy difícil de realizar al pie de la letra; es en vano esperar que la guerra no juegue algún rol en estas transformaciones; pero procurar, por anticipado, que su peso sea menor no deja de ser un fin digno de ser perseguido.


SR. PARODI: Yo quisiera en principio aportar un testimonio de hecho: he tratado a menudo estas cuestiones en las universidades populares, y estoy obligado a constatar que Ruyssen tiene razón. Sí, requiere generalmente bastante esfuerzo hacer sentir, en los medios populares, todo lo que la patria contiene de fuerza viviente.
Ahora bien, creo que la cuestión que se plantea continuamente en estos medios es precisamente la que indica el señor Durkheim: el conflicto entre la patria de derecho, la patria justa, ideal, que se podría amar y defender, y la patria de hecho que tiende a presentarse como mala, inicua, hostil al pueblo; es para preparar los órganos de la futura vida internacional que se pretende que nos desprendamos del organismo nacional tradicional. Y sin duda, es evidente que la patria es la única realidad verdadera, que de hecho se nos impone, y para con la cual tenemos deberes incontestables: pero es ésto, sin embargo, lo que cuesta hacer entender en los medios obreros. No comprenden que uno deba inclinarse ante el hecho, simplemente porque es el hecho; y por otro lado, creen ver en el sindicalismo obrero, en estado naciente, este bosquejo de organización internacional que reclamaba el señor Durkheim.
Creo que la dificultad se presenta, pues, exactamente como lo indicaba el señor Durkheim: sólo que ella no se plantea únicamente para los franceses en su conjunto, los que se preguntarían cómo pueden preparar, más allá de la patria actual, una patria europea o humana más vasta: sino que se plantea en el seno de una misma nación, desde que algunos comienzan a preguntarse si no deben subordinar a la preparación del internacionalismo futuro los intereses de la patria presente. La cuestión toma entonces la forma de un cargo de conciencia: si la patria real va contra el ideal de justicia, ¿hay que seguirla a despecho de todo? La dificultad propuesta por el señor Durkheim se plantea entonces no sólo cuando se trata de la organización de los grupos nacionales entre ellos y de su futuro, sino también a propósito de las relaciones entre las clases opuestas en el seno de la nación misma.

SR. DURKHEIM: Sin duda es más fácil explicar las razones de ser de la patria a los niños que a los adultos cuyo espíritu ya ha sido deformado por los prejuicios pasionales. No creo, sin embargo, que la tarea sea imposible. El señor Parodi hizo remarcar que, en los medios obreros, se pretende substituir a la patria actual por una patria superior que habría de formarse por la expansión de una sola clase social, por el advenimiento del proletariado internacional. Es fácil mostrar que esta concepción reposa sobre una confusión: una clase, incluso expandida, no es una patria, del mismo modo que un órgano no es más que un fragmento del organismo. Es porque desconoce esta verdad elemental que el internacionalismo es muy a menudo la negación pura y simple de toda sociedad organizada.

SR. PARODI: ¿Pero cómo hacer que en estos medios se admita la necesidad de otra patria? Lo difícil es hacer que el simplismo popular admita la necesidad de inclinarse ante el hecho mismo como tal, aunque se lo reconozca parcialmente injusto e imperfecto.

SR. DURKHEIM: Es cierto que no se puede llegar a eso con la apologética ordinaria. Se cree demasiado a menudo que la mejor manera de defender la idea de patria es hacer ver en qué medida nuestra patria es digna de ser amada por nosotros. Se celebran las virtudes de la cultura francesa, la superioridad de la democracia, etc. Esto es situarse en un terreno equivocado. Porque, frente de los méritos de nuestra patria, será fácil -no siendo las personalidades colectivas más perfectas que las personalidades individuales- enumerar una larga lista de defectos; y en tal caso cada uno hará ladear el fiel de la balanza en el sentido en que lo inclinan las pasiones personales. Es necesario justificar la patria de manera tal que la explicación que se le dé sea aplicable a todas la patrias indistintamente, cualquiera sea su forma de gobierno. Hay que hacer ver en la patria in abstracto el medio normal, indispensable de la vida humana. No es difícil hacer comprender al obrero que incluso sus aspiraciones más caras suponen siempre, como postulado necesario, una patria fuertemente organizada; así como que intentando destruir las patrias rompe en sus propias manos el único instrumento que le permite alcanzar el fin hacia el que tiende.


... Estoy asombrado por el lugar que la cuestión política ocupa en la discusión. No se habla más que del obrero y de las formas de ganarlo para la causa del patriotismo. Seguramente, si se trata del obrero adulto, que ya se ha formado ciertas ideas, creo yo también que es difícil convertirlo. Pero, además del adulto, está el niño... Y por este lado, un poco de optimismo es posible. En resumidas cuentas, no hay que perder de vista que el internacionalismo violento, agresivo, negador de la patria, es un fenómeno reciente. No es aun un mal arraigado. Es lícito entonces esperar. Solo que, para formar sanamente el espíritu del niño, para suministrarle ideas rectas, es necesario que nosotros mismos tengamos una idea justa acerca de qué es la patria. Ahora bien, algunos de los argumentos que han sido invocados hace un momento me parecen recordar a aquellos que emplea habitualmente el nacionalismo. ¿No es, en efecto, hablar un lenguaje nacionalista el poner la cultura francesa por encima de cualquier otra, más no sea a título revolucionario? Somos capaces de amar a nuestra familia sin creer que ella sea la más perfecta; ¿por qué habrá de ser de otro modo en relación a la patria?
... Sería desesperante estar condenados a no hacer del patriotismo más que la mera ubicación de Francia por encima de todo; hay que amar la patria in abstracto, sin hacer depender este sentimiento de un valor particular adherido a la cultura francesa.


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Notas

1. Texto de Jean-Claude Filloux, redactado como introducción a la Tercera Parte (intitulada "El sociólogo en situación") de Émile Durkheim, La sciencie sociale et l´action, PUF, Paris, 1970.

2. Émile Durkheim, "L´individualisme et les intellectuels", Revue Bleu, 4ta. Serie, t. X, pp. 7-13, 1898.


3. Ver el artículo del señor Brunetière: "Después del proceso", en Revista de los Dos Mundos del 15 de marzo de 1989.


4. Notemos al pasar que esta palabra, muy cómoda, no tiene en modo alguno el sentido impertinente que se le ha querido atribuir maliciosamente. El intelectual no es aquel que tiene el monopolio de la inteligencia; no hay funciones sociales en las que la inteligencia no sea necesaria. Pero es allí, en la tarea intelectual, que la inteligencia es a la vez el medio y el fin, el instrumento y el objeto; se utiliza allí la inteligencia para extender la inteligencia, es decir para enriquecerla con nuevos conocimientos, ideas o sensaciones. La inteligencia es todo en estas profesiones (arte, ciencia) y es para expresar esta particularidad que, con total naturalidad, se ha comenzado a llamar intelectual al hombre que se consagra a ellas.


5. Ver El contrato social, Libro II, Capítulo III.


6. El verso significa aproximadamente: "Para vivir, perder aquello que es la razón de ser de la vida." Durkheim cita aquí al poeta latino Juvenal, Satiras, VIII, 84 (Nota del Traductor).


7. He aquí como se puede, sin contradicción, ser individualista al tiempo que se dice que el individuo es un producto de la sociedad y que no es la causa de ella. Es que el individualismo mismo es un producto social, como todas las morales y todas las religiones. El individuo recibe de la sociedad misma las creencias morales que lo divinizan. Es esto lo que Kant y Rousseau no han comprendido. Han querido deducir su moral individualista, no de la sociedad, sino de la noción de individuo aislado. La empresa era imposible y de allí vienen las contradicciones lógicas de sus sistemas.


8. Émile Durkheim, "La élite intelectual y la democracia", Revue Bleu, 5ta. Serie, t. I, pp. 705-706, 1904.


9. Tomado de Conversaciones libres, 2da. Serie, 7ma Reunión, Paris, Oficina de conversaciones libres, 1906.


10. Extractos de la sesión del 30 de diciembre de 1907 de la Sociedad Francesa de Filosofía. La intervención de Durkheim se sitúa a continuación de una comunicación liminar de Th. Ruyssen (reseñada en la introducción de esta selección de textos).

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